lunes, 30 de enero de 2017

Entre filas y sonidos de aeropuerto

Entre filas y sonidos de aeropuerto, timbres de advertencia de vuelos y mi mirada emocionada, llegó ella, desarmada con su mejor maquillaje inolvidablemente hermoso y delicadamente sencillo, decididamente contundente, incalculablemente femenino, con su mejor olor, entre desorbitante y cálido, desconocidamente familiar y tranquilizantemente novedoso su mejor ropa, entre suave y protectora, entre distancia e inevitable contacto, su mejor presencia entre tímida y arriesgada, su mejor sonido entre el ruido de aquella canción que nos salvaba de un vuelo entre nubes negras y el silencio cercano de "tan de lejos vengo que llegar no he llegado aún", su más familiar presencia entre mil veces reconocida y nueva, completamente nueva, su alma más sabia entre milenaria y recién estrenada y salida de la adolescencia, su más valiente ser, entre volver al hogar, a su hogar, a sus brazos, y lanzarse por primera vez al precipicio de su pecho, su más femenino momento de su más femenino ser.

El estaba esperándola como se espera al destino, armado con su mejor abrazo, su más cálida bienvenida, su mejor mirada para verla, su más valiente él para cubrirla, observarla, saludarla y atreverse a olerla, sentirla regalarle su tibieza, atreverse a todo lo que una mujer querer pudiera y, al tiempo, no acosarla, dejarla en la libertad de no haber llegado, pasar de largo y devolverse. Armado con su mejor mirada para por fin verla en persona, separarle la cara recién acariciada, darle el más familiar y a la vez atrevido, dulce, tierno y sensual beso en su mejilla, izquierda, inclinada, y mirarla a los ojos para por fin no tener que decirle nada mientras ella lo entendía todo, todo, todo.

Ella estuvo con su blusa y jean, sus mocasines cómodos, su chaqueta azul inolvidable, él la sintió perfecta en forma y tamaño y en mirada y en espíritu. Se unieron dos historias, dos soledades, sentidas por ellos injustas dos compañías inmejorables. El la abrazó, la acogió, murió de novedad y curiosidad, revivió de familiaridad y viceversa; se aferró al improbable azar de que hubiera llegado tanto como al imposible azar de que no se fuera nunca.

Se agarraron con de la mano como niños jugando a adultos, como novios adolescentes, como pareja joven, como matrimonio establecido, supieron sus corazones colgando. Su mano le dijo a la de ella que el mundo para él estaba ahí completo. Luego en la íntima soledad buscada y esperada, antes de que sin proponérselo ni buscarlo pasaran 14 horas, 24, 48, 72 de él interesado en nada en la vida salvo descubrir todo posible resto de feminidad inexplorada de ella, antes de que la humedad inundara por 3 semanas seguidas sin parar todo en la habitación y todo en sus almas, antes de que la humanidad externa en un ataque de entre envidia y provocación viniera al valle de su puerta a comprobar que no era un truco una trampa teatro sino un despliegue interminable de pasión con ternura, de secretos, juegos, risa y feliz llanto de gemidos y gruñidos, de luchas y abrazos, antes de él beberse hasta la última gota de la feminidad existente en el mundo, en ella, antes de todo, se tiraron sobre la cama, él le quitó con calma y fuerza, determinación y ternura, los mocasines y medias, la abrazó por la cadera mientras le acariciaba la cintura, le besó el pecho, le desabotonó la blusa, le olió los senos, los besó y empezó una historia que ellos creen inédita, irrepetible, nunca antes interpretada; un presente infinito en el que no habría mañana sin ayer, ni había ayer, ni habría mañana. Pero esa mañana, esas primeras 21 mañanas hubo ayer, hubo anoche y hubo mañana, y sus pepitas en la piel, que él saludó, sus tormentos,  a la fuerza dulce del amor se fueron y prometieron no volver ningún mañana.

Lo que pasó ahí, después, no va en mil películas, ni en mil poemas, ni en ninguna parte; porque como él le dijo a ella, esa última vez, aunque es fácil para el arte, tejer y destejer la ficción de la vida, cortarla a voluntad, a capricho, a diseño, en el arte supremo de verdad, la vida, el tejido nos lo cortan ahí por donde la sangre y el tiempo infinitamente se derraman.